domingo, 19 de diciembre de 2010

La ciudad de la furia


Mirábamos desde la sexta fila el último concierto de Soda Stereo...
Saltábamos como desquiciados, pero esa noche decidimos no drogarnos, no bañarnos; no usar ropa interior ni traer en la bolsa cigarrillos.
Habíamos ahorrado todo el semestre para comprar nuestros boletos "debemos recordarlo todo, todo, todo" dijo ella "hoy nos vamos a poner muy idiotas, pero sin ayuda, muchachito marica". Así que me puse de puntillas y abracé fuertemente su cintura. Le mordí la nunca y gimió para mí. Siempre fue más alta que yo, usaba además de su colosal estatura un par de tacones vulgares y robustos que rehusaba dejar en casa por mero orgullo. Mis complejos no le importaban un carajo; si yo era enano o no, le venía del todo igual. Después de todo no pensaba dejar las alturas de su rascacielos personal y mucho menos por tenerle piedad a un amante enano. Sin embargo yo insistí en aferrarme a sus caderas y levantarle la falda para lavarme las manos en su lavabo inguinal.
El primer coro estaba sobre nosotros.

Me dejarás dormir al amanecer entre tus piernas...

Mirábamos los reflectores hasta que los relámpagos de magnesio nos dejaban ciegos y entonces llorábamos la letra de la canción, como gatas que se retuercen con la mordida de un cocodrilo "¡¡Entre tus piernaaaaas!!" gritábamos desafinados "¡¡¡¡¡Entre tus piernaaaaas!!!!!".

Sabrás ocultarme bien y desaparecer entre la niebla,
Entre la niebla...


Entré y salí infinitas veces del violento caleidoscopio genital, ciclando la rabia como los pedales de un triciclo cuesta abajo. La rasguñé por dentro, se cagó de risa, me preocupé, babeó, lloré. Escupió su chicle, le calló al chico de adelante, reí, él no lo notó, ella cerró los ojos, abrió las fauces, sudé helado, me pisaron, no me dolió, grité, gritó, le mordí una axila. Entre y salí del violento caleidoscopio genital mil veces más. Con menos piedad... hacia mí, hacia ella, hacia ambos.

Un hombre alado extraña la tierra...

Volábamos mucho y ella tardaba siempre el triple en llegar al cielo.
Era casi un axioma: siempre fue lenta para hacer explotar su avión de alaridos y yo necesitaba entonces distraerme, pensar en cosas distintas por instantes, anestesiar la rabia, administrarla mezquinamente. Yo solía esperarla sin dejar de aletear, tenía que volar por momentos en reversa o sobrevolar en pilóto automático grandes extensiones de territorio pélbico, resistir en esa espera ondulante, mantener obstinado la marcha hasta que sus muslos invencibles se ablandaran de la nada y colapsaran en su justo núcleo, destrozados, rendidos; abandonados a la derrota como un edifico demolido por un escalofrío de dinamita.

Inició la transmisión de espasmos...
Su instinto llamó por la radio, habló anunciando el aterrizaje forzoso de una hembra descuartizada "¡¡En el segundo coro, cabroncito!!" rogó deshecha, yo lo sabía: estaba a punto de quebrarse en dos trozos de carne "¡¡Quiero que sea en el segundo!!" suplico nuevamente. La tomé por las tetas y sentí estrangularla como a un tubo de pasta dental. Sostuve entre mis dedos las ubres de la aguda jirafa católica y noté decepcionado súbitamente que nadie al rededor nos miraba. Ninguno de todos ellos estaba siquiera un poco alarmado, nadie se masturbaba mirándonos coger ni a nadie le asustaban nuestras carcajadas estando ahí, tan brutalmente cerca del impacto que abre la puerta a los muertos.

La canción era más fuerte que nosotros, que nuestros sexos; que los treninta tornillos faltantes en el inventario de nuestras cabezas empapadas de grasa y sudor. El plan se vino abajo para mí: nadie nos deseaba, nadie nos tenía asco; todos miraban hipnotizados al frente con esos rostros enajenados a punto de parir lágrimas.
El segundo coro estaba cerca...

Nadie sabe de mí y yo soy parte de todos...

Sentí de pronto que odiaba la jodida canción. Me pregunté, quizás para reforzar mi cólera, qué demonios era eso que hacía tan especial al puto amasijo de palabras y acordes ¡¡¿Qué?!!

Me verás caer como una flecha salvaje,
Me verás caer entre vuelos fugaces...


Ella tampoco se resisitó al conjuro y olvidó mi nombre con esa justa combinación de palabras, se derritió sobre la marcha mecánica de mi sexo cuando el segundo fósforo la llenó de fuego "¡¡Me verás caeeeeeerr!!" gritó mientras absorbía mi universo entero con las nalgas.
Caí entonces en la cuenta que la canción no tenía nada de especial. Neruda era mejor poeta y Lara mucho mejor músico. Pensé tal vez que lo especial era la red magnética de frecuencia modulada volando invisible por las alturas de la capital. La radio omnipresente y todas las cintas magnéticas de la ciudad, el alcohol barato de las reuniones inesperadas, los 700 mb de cada compacto, la crisis del sentido; el entero sistema circulatorio que había regado por todo el continente la canción.

Nadie sabe de mí y yo soy parte de todos...

Sonreí sobre su cuello y la saliva que regué por accidente pisó de nuevo su acelerador, overdrive. Saltó en el aire mientras caía, sus alas quebradas resucitaron al tercer compás, afterburning starting, aceleramos, recrudecimos la inyección de poder, las élices asustadas lloraron de pánico, decapitamos 2, 732 nubes en 30 segundos y estrellamos al final nuestro mútuo avión de porquerías contra la sólida muralla que teníamos enfrente. Nos partimos en pedazos contra la energía de las bocinas, colapsamos, reventamos violentamente en la matriz del caos y la pegajosa sangre blanca de mi vuelo escurrió por sus piernas hasta bautizarle los tobillos.
Su estatura me convino siempre, su trasero aún más. Le jalé el cabello, retorcí el puñal y salí del caleidoscopio de un solo golpe. Las vísceras de su perfume calleron al suelo. Se lanzó muerta de alivio hacia atrás y yo la atrapé entre mis brazos como si viniera derrumbándose por siglos desde la cima de una pirámide trófica.

Justo como pactamos, la vi caer.

Entendí entonces que un arrogante trío de artistas bonaerenses puede grabar sus ideas una tarde y venderlas después con soberbia, creyendo de antemano que sus huecas palabras le importarán al triste mundo. Tres hombres bastan para echar al viento un puñado de símbolos, volverlos polen, hacerlo volar por el aire anónimo que separa a una antena de otra. El país entero morderá siempre las piezas de sinapsis cuales peces burócratas tras carnada sonora y una nación quedará pescada. Y la multitud creerá ingénuamente que las estrofas dicen en algo importante, creerá quizás por accidente que tienen algo en común con la vida, que encierran un significado. Todos cantarán palabras ajenas en la ducha o al conducir, al coger en la cocina; al trabajar en el restaurante familiar a punto del embargo bancario.

Aprendí aquel día que, si fue escrita de madrugada, cada canción se pegará inevitablemente a las paredes de la memoria, como una cinta adhesiva amalgamada a las rutinas, a los escenarios, a las heridas; a las historias.

Nosotros mirábamos desde la sexta fila el último concierto de Soda Stereo...
Saltábamos como desquiciados, pero esa noche decidimos no drogarnos, no bañarnos; no usar ropa interior ni traer en la bolsa cigarrillos.
Se nos dio la gana ahorrar durante un semestre la plata necesaria para reunirnos a solas en el estadio con 60 mil desconocidos, a solas con los autores de la que creíamos "nuestra canción", a solas con el sountrack oficial de nuestros variopintos coitos (coitos circuitos... decía ella cuando estaba ebria).
Intentamos aquella vez arrancarnos la melodía del cerebro, enjuagarnos, despegarnos de la piel esa cinta adhesiva. Fue justo así que encontramos lo imposible de regresar una canción a su dueño sin restos de tu existencia. La cinta arranca bellos al marcharse.

Me dejarás dormir al amanecer...

Entre las explosiones concatenadas de un concierto la obra retorna melancólica a su autor, como los ríos deslizan hacia el estómago de su mar. La inspiración vuelve al nido original llevando tras de sí el aroma gris de las calles, polvo de los parques, trozos de los trozos de los parques; trozos de todas las ventanas que transformaron al sentimiento en algo más que ilusión percápita: leyenda quizás, mito fundante.

Ese destino de furia es lo que en sus caras persiste...

Una tercia de músicos abría los brazos al morir septiembre y yo intentaba cerrar la boca mientras ella volvía a abrirla mil veces más sobre su lengua. Las metáforas volvían pródigas a casa sintiéndose aún ebrias, ebrias de vida, o de vidas, de vidas reales. Retornaban maduras, heridas, resentidas, bañadas a veces en sangre y usando cuerpos humanos como rehenes. El estadio de River Plate se volvió ante mi sorpresa un campo de concentración, un masivo paredón donde cada fanático iba siendo fulminado por el disparo irreversible de su acorde favorito.

Me verás volver...

Nos miramos "debemos recordarlo todo" dijo ella por última vez.

Me verás volver,
A la ciudad de la furia.



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2 comentarios:

Daff dijo...

En un blog las letras pueden o no retornar a su autor , pero si retornan, también van ahora llenas de vida, con trozos... o mejor dicho con cachos...
cachos de Alma. me hiciste la noche, amor. ;)

Bruja Kozmica dijo...

Incitante, honesto y..... la multitud creerá ingénuamente que las estrofas dicen en algo importante.