viernes, 5 de febrero de 2010

Ficción

Ese niño fue siempre un soñador:
Hablaba como las caricaturas, era cursi con las chicas, fue azotado todo el tiempo (incluso voluntariamente) por insignificantes dolores y se ahogaba en vasos semivacíos cada vez que tenía público; era, a resumidas cuentas, un ingénuo con el cáncer del idealismo a flor de piel.

La realidad no hizo esperar la reprimenda -¡Hey escuincle, ves demasiadas películas; deja de soñar!- y la cantaleta del mundo se repitió todo el tiempo en frases como "no mames, huey" o "haaay sí ¿Cómo no?".

Los años pasaron y, exiliado de la realidad, no le quedó más que volverse escritor. Tuvo amigos escritores, maestros, guionistas, actores, pintores; se hizo amigo de quienes, como él, daban de soñar al mundo. Se apoderaron con el tiempo de pantallas, historietas, novelas, muros, hiervínculos, servilletas, bancas del parque; cualquier vehículo que pudiera servir para volver visible un sector del mundo y disfrazarlo de ficción.
Y sus amigos gordinflones escribían cuentos sobre mariposas y disfraces, deseaban en realidad abandonar sus capullos de grasa y salir al mundo convertidos en hombres delgados...
Las solteronas escribían sobre las náuseas hacia el amor como una forma de justificar su cama inmensa, estática y fría...
Todos escribían sobre su vida maquillándola, todos eran más "confesores indirectos" que enteramente creadores. Sus historias llegaron a la televisión, al teatro, al óleo, al cine, al periódico; llegaron a donde nunca pensaron y las personas miraron las "historias de ficción" en las pantallas.

Ese niño con cuerpo maduro estaba entonces ahí, parado como un infiltrado en el mundo de los adultos, mirándolos volcar su realidad detallada en las metáforas entregadas al público; supo encontes que él fue desde el principio una persona MUY VEROSÍMIL. Supo que vivir la vida fríamente y sin los matices de las grandes historias, es en realidad una manera muy ficticia y colectiva de tripular el mundo, pero nadie (o casi nadie) lo sabe a ciencia cierta.