viernes, 21 de agosto de 2009

Mengambrea


En la mejor respuesta elegida por un usuario de Yahoo, "mengambrea" significa "excremento", para foros de discusión acerca de regionalismos la mengambrea es cualquier líquido espeso y repugnante; siendo así, coincido más con la segunda opción.

Para mí, la palabrita hace referencia sólo al néctar de la basura, ese líquido amarillo concentrado al fondo de la bolsa del súper que cubre el bote como una placenta plástica. Me refiero al pestilente jugo ámbar con pequeñas partículas blancas medianamente más espesas, la resulta de mezclar el sudor de las cáscaras con aquellas gotitas de leche que se negaron a desalojar el fondo del tetrapack.

La mengambrea de todas las bolsas acumuladas una tras otra en el inmenso camión recolector es, supongo a veces, el océano más bello donde los ángeles mancos del infierno lavan sus ojos lacerados de mirar el sol directamente, una piscina de escupitajos donde Dios se lava las manos los viernes; una sopa de rencor efervescente lista para servirse hirviendo en el bautismo de cada futuro pederasta.

Hoy el aroma fosforescente de la mengambrea me atravesó las neuronas de un infalible tajo, como un par de caimanes pasacorriente conectados a mis oídos; un hedor irreductible que me erizó hasta la piel de las rodillas y los talones.

Recuerdo que un chavo de mi edad colgaba del tubo a un costado del camión de basura, un hombre maduro lo hacía del otro lado, desempeñaban el papel de los sujetos que bajan del camión cada cuadra y recogen las bolsas de cada esquina, como si se tratara de putas pestilentes vestidas de polímero estampado de chedrahui.

Y el aroma me carcomió las ideas, pensé en el empleo de ese chico aferrado al tubo del camión, pensé en el vapor de la mengambrea adherido a los bellos de sus fosas nasales y la forma en que vive todos los días inhalando la fragancia de la muerte. Aunque se bañe, aunque su casa sea limpia; el aroma de la porquería está adherido a la mente no sólo al cuerpo.

Pensé por último en su novia, una chica dulce esperando al final de la calle sin pavimento, con su perfume de oferta y esa mirada franca. Con el exceso de encías barnizadas al sonreír, sin clase, sin pose; con la inocencia de la sencilla ignorancia adherida al tacto.
Imaginé el perfume de la chica colándose por la nariz del recolector de porquería, desvaneciendo la vaharada de podredumbre y trayendo a su mundo de vapores una purificación real, basada no necesariamente en el aroma sintético del perfume, sino en la simple asociación mental de la fragancia con el amor mismo.

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