lunes, 11 de mayo de 2009

Mirinda


Rodrigo conduce su Dart ´76... En 1983 el modelo no era todavía antiguo y clásico, era sólo el conjunto de cuatro ruedas y un diseño pasado de moda; sinónimo de transitoria bancarrota; de todos modos él no perdió la clase cuando "el negocio" se vino abajo. Pilotando su Dart verde fumaba un cigarrillo largo... tan alargado y fino como su vigote, un cigarrillo tan blanco como su saco sport y, desde luego, el filtro era café... como los zapatos recién boleados. Para acabar de cerrar el círculo, coincidió que él también estaba incendiándose por dentro; era colega de su cigarrillo y, aunque su boca lo tocaba, no conversaron sobre el tema...

Durante la luz roja, miró al espejo su demacrada cara... la vió más delgada de lo normal y la encontró tan sexy como preocupante. Todavía se notaba que había llorado demasiado, así que tomó aire y se engañó mientras acomodaba su saco —cada vez duele menos— dijo.

Tres cuadras adelante esperaba Tomás, su mejor amigo. Recargado en el teléfono público con el cabello desarreglado y largo, los lentes gruesos pegados con amarillenta cinta transparente, parches de tela guinda en los codos de la chaqueta, la mirada perdida en las bolsas de basura de la esquina y lo que en realidad era indispensable, un frasco muy grande... alguna vez estuvo lleno de duraznos, pero hoy sólo contiene dos botellas y media de Mirinda.

—¿Vamos a hacer cuentas o a bajarnos unas tortas con tu pinche Fanta?— dijo Rodrigo con la ironía tan característica de sus días más depresivos.

—!Jajajaja! Es mirínda, putete; fíjate bien—

Tomás aborda el auto, se abrazan y se dirigen a ese lugar...

—así que todo esto se va a terminar ahorita...—

—no, cabrón; nos deben demasiado. La Mirinda es para comenzar otra vez la negociación; deja que esta vez hable yo—

—no te entiendo ni madre, Tomás, pero... conozco bien esa mirada—

Silencio, duda, tensión y un pié en el acelerador para olvidar el confuso momento

—¿Me voy por el puente, verdad?— concluye.

22 minutos después el Dart verde se detiene al final del Callejón Aguilar, el auto que Tomás y Rodrigo buscan está estacionado justo enfrente de su coche y detrás hay otros dos que parecen sólo chatarra, las plantas saliendo de las llantas ponchadas son prueba suficiente.

—baja tú, yo aquí te espero—

—muy bien, prepara tu arma por si estos mongoles olvidan que no están para exigir nada—

—no hagas pendejadas, Tomás—

Tomás sonríe distante, como un maniquí; baja lento del auto y del otro coche baja un humanoide rico en grasas —este tipo deciende del cerdo, no del mono— piensa Tomás mientras observa al calvo gordinflón con la camiseta interior manchada de mostasa —me pregunto qué porcentaje de lo que veo es sólo mierda— piensa.

El tipo camina lento, apenas si se aparta de su auto.

—!Ya, cabrón!— el gordo levanta las manos mientras habla con los ojos muy abiertos —ya entendimos, pensábamos buscarlos hoy mismo para...—

—!Muy tarde; te pasaste de pendejo...!—

—pp ppero tú no sabes como estuvo el as...—

—déjalo así...— Tomás camina encorbado con su gesto frío mientras niega con la cabeza.

Detrás de los autos destartalados aparece El Viejo, un tipo delgado de 30 años reducido a un cocainómano esqueleto fumador; todo por causa de una vida muy muerta...
Esta vez El Viejo no puede ni mirar a los ojos, titubea —no estuvo en nuestras manos, Tomás; nosotros...—

—¿Sales detrás de un auto como si acabaras de orinarte detrás de él y pretendes que te crea?—

—!Chingao!— susurra —¿Quieren quedar a mano, Tom?—

Silencio...

Rodrigo enciende otro cigarro y mira desde el auto.

—¿Qué podemos hacer para remediar esa pendejada?— dice El Viejo —no es necesario hacer todo esto más grande—

—!Jajaja!— Tomás suelta una carcajada —¿Escuchaste eso, Rodrigo? !No quiere que esto se haga grande! !Jajajajaja!—

Las jóvenes rodillas del Viejo tiemblan sin la osteoporosis de su apodo, pero está por mearse de miedo; en este caso el apodo es más congruente.

—!!Arráncale las bolas a ese pinche cerdo y mételas en este frasco!!—

El gordo camina hacia atrás sin poder respirar, sus pasos son detenidos por la puerta de su propio auto.

—!Viejo, no mames! !No le hagas caso a este pinche loco!—

El viejo guarda silencio y cierra los ojos como si hiciera la oración...

—!Muévete, pendejo!— grita Tomás señalando al gordo —¿O quieres que sean tus huevos los que caigan en este frasco?—

—no es necesario gritar; dame el frasco, Tom—

—!Viejoooo! !No chinges! !No me mires así!— grita el gordo.

Rodrigo sonríe detrás del volante, enciende el auto y cierra el paso en el callejón; deja el motor encendido y lo acelera cada tanto para amenguar el escándalo del Gordo...

—!Lo hice porque tú me lo ordenaste, Viejo!—

—!Yo no te ordené hacer lo que hiciste, gordo idiota!—

—!No te hagas pedejo!—

—!Te pedí que trajeras vivo al puto de Toño! !¿En qué chingados se parece eso a matarlo y ocultar el cuerpo en el refri de su pinche amante?!—

—!De todos modos no nos iban a pagar, güey!—

—!Pues no, pendejo! !El jefe pensaba regalarles la mercancía!—

—eee... eee... el marica se puso muy violento de todas formas; !No tuve opción, güey!—

—!?Y se te olvidó que ese maricón de mierda era el favorito del Jefe?!—

—!Ppp pero...—

—!?Le vas a cortar los huevos o no?!— grita Tomás

Instantes después los puños del Viejo suenan como estrellándose contra jugosos bisteces, el Gordo llora desesperado y el Viejo hace lo mismo; el único motivo que tiene para arrancarle los testículos a su mejor amigo es salvar los suyos. El Viejo es un tipo delgado, pero tenaz; aunque el Gordo no deja de moverse él hace lo que puede... los brazos llenos de cebo comienzan a ceder, los impactos hacen ondear un mar de sudorosa piel, la gelatina de aceite opone menos resistencia; con la nariz quebrada y el labio inferior partido en dos, el gordo se sumerge en el mareo... el abrumador sabor de su propia sangre invadiendo la garganta; una patada en la sien envía al porcel parlante al estado inanimado.

El Viejo llora amargo, llora sin lágrimas y no puede evitar la sonrisa nerviosa; el sudor helado en la frente. Su navaja no está bien afilada, sabe que rebanar el escroto será más difícil así.

Finalmente baja el elástico del pantalón del Gordo, recuerda que los pantalones eran mandados a hacer especialmente para alguien de ese tamaño y claro, esa tarde un elástico volvía más facil todo. El sudor arraigado en las ingles cebosas del bodoque llena cada espacio en la nariz del Viejo, el hedor es ácido y denso; realmente apesta...

La navaja rasga la truza, quitarla con cuidado habría tomado más tiempo...
Y es necesario hacer a un lado la panza para poder manipular los genitales de Ernesto Salazar, hombre soltero de 26 años con un problema tiroidal causante de sus problemas para vivir.

Las manos del Viejo están heladas de nervios, contrastan en gran medida con el aún perceptible calor de la piel grasa; ese sudor púbico de quien luchó por conservar sus cojones en el sitio natural.

!Tggggth!

La navaja rasga la piel

!Tggggth!

La sangre abandona la membrana

!Tggggth!

Los conductos son persistentes como pasta italiana a medio cocinar

!Tggggth!

Las sangre comienza a coagularse sobre los dedos del viejo, es difícil quitarle la tapa al frasco, pero lo consigue usando su camisa para evitar el resbalón; pone el frasco de nuevo en el suelo...

!Pluck!

Los testículos se sumerjen en el frasco, la sal del sudor vuelve efervescente el sonido, las burbujas de la reacción se tornan cada vez más rojas y el Viejo decide cerrar el frasco.

Tomás se acerca, toma el recipiente, observa el souvenir...

—llévale esto a tu jefe, explícale todo y dile que Rodrigo sonrió mientras ocurrió; salvarás al menos tu pellejo, aunque sabes bien que esta anécdota será difícil de contar a tus hijos si te preguntan por su “Padrino Gordito”—

Tomás pone el frasco en el suelo, sube al Dart y ambos abandonan el callejón dejando en el retrovisor un hombre hecho trizas abrazando un cadáver eunuco.


—¿Mirinda?—

—es mejor para conservar órganos que el alcohol de 96°—
—jajaja—

—ningún marrano sin cerebro puede venir a descuartizarte un novio, dejarlo en el refrigerador, hacerte llorar una puta semana y continuar con vida al final—

—pero tú no estabas tan involucrado en esto... el jefe nos regalaba mercancía a Toño y a mí, tú eras sólo cliente ocasional...—

—no has podido jugar cartas por días; verte hecho mierda es suficiente motivo para involucrarme—

Llegan al semáforo, Rodrigo enciende otro cigarrillo y se mira al espejo...

—¿Crees que soy guapo?—

—aahhh... maricas...— se acomoda los lentes —ustedes nunca son lo suficientemente "bellos" ¿No? Es decir; entiendo que tener pelos en todo el cuerpo y un par de cojones los asemeje más a un mandril que a un ángel, pero ¿Cuándo entenderán que a las chicas eso bien les resulta atractivo?—

—Jajaja—

—además tú estás galán, cabrón; son más de 6 las amigas mías que quieren tu teléfono y me imagino que algo así debe pasarte con los escuincles afeminados que van al bar ese que tanto te gusta. Tienes el trabajo más fácil que yo... a mí las viejas tienen que escucharme hablar por lo menos 15 o 20 minutos para comenzar a interesarse—

—¿Tú crees que me encuentre alguien mejor que Toño?—

—no preguntes pendejadas; ese drogadicto era bastante superable antes de entrar en tu refri partido en seis pedazos—

—estábamos por mandarnos al diablo la noche antes que el Gordo lo descuartizara y acabara con su vida—

—Rodrigo, no mames; lo escuché toser como un fregadero viejo; de todos modos no iba a vivir más de 10 años—

—seeeee... morir era algo que Toño haría tarde o temprano; como todos...—

3 comentarios:

Bruja Kozmica dijo...

ala madre que ironias, muy buen cuento, lo de la mirinda y la historia del gordo fue genial y me acorde del frasco con testiculos en la peli de The Grind House wakalaaaa al menos no he almorzado

daniela cg dijo...

Glup...

Primero describes fielmente, luego tengo que entrecerrar los ojos con indicios de repulsión y terminas con una confesión de cuates...

jamaik dijo...

si tienen rason ya que