domingo, 18 de enero de 2009

¿En qué piensas?




Regresó a la catedral después de nueve años, pero Dios no había cambiado; seguía sin contestar...

Cayó la noche y necesitaba amar algo, su corazón encontró la respuesta antes que su cerebro y, para variar, el autobús llegó antes que él pudiera necesitarlo; como todo se adelantó, su cuerpo subió al autobús antes que él.

Pensaba… mucho… sólo en ella; quería verla sonreír.

Tenía muchas ganas de centrar su vista en el reflejo de la televisión sobre sus dientes barnizados de saliva, ganas de ignorarla, ganas de lamer detenidamente su boca, ganas de martillar sus rodillas, ganas de hacerle despacio el amor, ganas de quemar su rostro con un fósforo, de tomar su mano y correr hasta el final de la calle, ganas de matarla, de regalarle una constelación de lunetas, de cortarle un brazo y abofetearla con él, velar dulcemente cada segundo de sus sueños, razonarla, arrullarla, amarla; sacarle los ojos y comérselos en un cereal. Todo era cierto: beso más patada, blasfemia más poema, 1 + (-1) = Cero; todo se cancelaba, pero él... él no sabía porqué.

Mientras la segunda velocidad del autobús se destartalaba, él miraba la calle correr hacia atrás, con la cara embarrada en la ventanilla de la octava fila, los pies helados y la boca cerrada por inventario; era necesario contar —una a una— todas las palabras que ya no podrían ser devueltas...

Un niño en la fila de adelante.


Niño incado sobre el asiento, mirando hacia atrás, con mirada capciosa de interrogación; la cabeza de lado y una pregunta en la lengua —¿Qué piensas?—

—¡¿En qué piensas?!— insiste

Él despega la cara del vidrio, se da cuenta que hay una persona en el mundo que tiene interés en sus palabras, que es un niño con la boca embarrada de chocolate y los oídos de ignorancia, que nada le impide responder y que la abuela del humanito se quedó dormida; puede hablar con sinceridad sin mucho lío.

—en lo que vi hoy— responde finalmente.

—¿Y qué viste?—

—vi... cosas—

—¿Cosas?—

—de todo—

—¿Como qué?—

Sale de sí mismo y piensa en lo ridículo que debe verse contestándole al chavito, concluye que no es demasiado y, por más ruido que hace la palanca de velocidades, la abuela sigue dormida.

—pues... en la mañana fui a la tienda y Don Paco tenía en la pared un clavo con una cartita atorada en él, el papel decía con letras de colores "Feliz día del P..."; no alcancé a leer el resto porque encima estaba un recorte de revista con Maribel Guardia en tanga—

—¡Ooorale! ¿Y qué más?—

—un chavo estaba tocando su yembé en la plaza. Cada vez que él golpeaba, yo me imaginaba el sonido de sus palmas viajando pesado, como estallidos rebotando contra las montañas y haciendo eco en ellas; has de cuenta un rugido de jaguar en mimente—

—¡Chale! Y... ¿Qué más?—

—leí un reportaje en el periódico sobre gente en un pueblito de España que puede comunicarse con silbidos; desde cosas simples hasta oraciones complejas—

—Y... ¿Después de eso?—

—una amiga me contó que su primera menstruación le llegó el día de la Revolución Mexicana—

—no entendí—

—no importa...—

Guarda silencio y recuerda que no sacó la ropa de la lavadora, que debe la renta y que faltan cuatro días para que su cuerpo cumpla 21 años; su alma a veces tiene ocho, a veces 37, a veces dos y, la mayor parte del tiempo, tiene sólo una especie de cáncer terminal.

—¡Cuéntame más! ¡Ándale!—

Regresa a la tierra y sí, el niño seguirá preguntando...

—pues... vi la tele un rato y pasó el video de una rola nueva de Jaguares—

—¿Te gustó?—

—sí—

—¿Porqué?—

—por lo que dice—

—¿Qué dice?—

—pues es de un chavo que hace todo por ser lo que una chava quiere, él quiere que ella lo quiera también...—

—¿Y luego?—

—pues... ella se vuelve aún más perfecta y no lo puede ni ver; o sea, él es muy poca cosa y... ella está muy lejos—

—¿Hasta dónde?—

—Hasta donde... los ciegos hacen sus colores—

—¡Qué raro! ¿Y eso le pasa seguido a la gente?—

—sólo cuando se enamora—

—¿Tú tienes novia?—

—sí—

—¿Y venías pensando en ella?—

—sí—

—¿Qué pensabas?—

La anciana despierta, mira hacia afuera, pela los ojos, agarra al niño de una mano y dejan sus asientos.

—¡Apúrate, mijito; ya nos pasamos!— dice ella con sus pies canosos, la voz arrugada y la cara afónica.

Él los ve alejarse y el niño grita —¡Bajan!— la unidad se detiene y el niño desaparece de su vida con todo y abuelita cuando la puerta obtura.

Todo se adelantó, el niño habló antes que él lo viera, las preguntas estaban pensadas por la criatura antes de escuchar la respuesta, la abuela se durmió antes de llegar a la cama, la parada llegó antes que ella despertara, la resignación vino antes que la despedida y él... él simplemente perdió un amigo antes de hacerlo.


Todo era cierto, pero él no sabía por qué siempre que jugaba a ser él mismo, no le salía nada bien. Después de media hora pensó de nuevo en Dios para preguntarle por el niño, sin embargo, Dios no había cambiado; seguía sin contestar...



2 comentarios:

ales dijo...

muy bueno, encuentra tu liberación.

Bruja Kozmica dijo...

a mi me hablo Dios una vez, pero estaba en la ducha y no entendi lo que decia.
Muy buen cuento, te estoy empezando a odiar.