viernes, 26 de diciembre de 2008

Esta vida perdiéndola...


Carretera, esto es transitar y no permanecer; cuestión parecida a la vida, a veces. Los cerros que vivían en el parabrisas, se mudaron con el pasar de los minutos al retrovisor; sí, el tiempo es relativo, pero también es relativo mi deseo de explicar esa trivialidad... no lo haré.

Línea blanca... y el asfalto... Línea blanca... y el asfalto... Línea blanca... y más asfalto...
Si acelero más, la secuencia se desvanecerá y habrá entonces sólo una línea gris; por lo menos para mis ojos.

Este automóvil es una pequeña y brillante cuenta, también el trailer que no he podido rebasar y la camioneta llena de gallinas que viene detrás de mí...
Somos sólo cuentas y, visto desde algún otro ángulo, el asfalto es una delgada línea. La carretera es el mágico pedazo de cordón negro y juntos somos el collar que la playa observa en su tocador; podríamos decir que la mar observa su joya cambiante sin saber si hoy la usará...

Kilómetro 540 de la costera, basta girar un poco la cabeza y el mar está allí mismo, junto a mi camino, envolviendo y dejando empapados todos y cada uno de los planos que integran aquello que podríamos llamar "Este Instante".

Tal vez mi grado de integridad física no es el de hace treinta años, algunas cosas ya no funcionan bien en mi cuerpo y el Instituto Nacional Para Adultos Mayores ya me incluye en sus listas. Lo único que eso tiene de bueno es el famoso descuento de autobús al cual me he hecho acreedor, pero... da igual, de todos modos viajo en automóvil por el siple placer de vivir a mi propio ritmo el camino.

El mar...
Tal vez las hormigas se sienten como yo cuando ven un gran charco, el mar me recuerda que mi vida es efímera, que soy un cubo de azúcar en la taza de café que El Caos toma cada mañana.
Sobre todo, el mar me recuerda que, hasta antes de la quimioterapia, yo creía que vería el mar muchas veces más, pensaba que el océano estaría frente a mí cuando yo lo deseara y, a ciencia cierta, no lo creía gran cosa... Subestimaba la importancia del océano, justo igual que la grandeza de la palabra "mañana", la saliva de mi esposa, la luna llena, las luces del velocímetro o el olor del mercadito donde compro mis ciruelas cada martes.

Es verdad, hace meses alguna de mis hijas debió haber consultado el precio de los ataúdes más hermosos para su padre; no sé cual de ellas lo haya hecho, pero estoy casi seguro. Mi cuñado, el que es Doctor y al cual enseñé a manejar cuando era pequeño, él debió haber sido el más desconsolado al saber de mi avanzado cáncer de colon; su conocimiento científico lo debió haber privado de toda esperanza; mi esposa y mis nietos no saben anatomía y tienen mucha fe, la noticia de mi probable muerte debió haber sido más fácil de evadir para ellos.

En fin, conduzco rumbo a mi tierra, con un colector artificial que hace las veces de mi recto, conduzco aunque me cueste trabajo, porque no sé si el año entrante podré hacerlo, para entonces podría estar no sólo débil, sino muerto.

Mucha gente cree que el riesgo latente de morir en cualquier momento es una tragedia y que por ello estoy cerca de mi muerte; yo creía lo mismo al principio, pero, en este preciso segundo, creo que saberme sin esperanza me ha devuelto la libertad, no tengo nada que perder; lo que podría perder es en realidad... todo, de un solo golpe y sin aviso; tal como un foco cuando la luz se va.

Estar a punto de morir me ha vuelto más cercano a la vida, estar tan cerca del fin me hace vivir cada segundo con más detenimiento; juro que a veces envidio al perrito de mi nieto, su vida nunca tendrá impuestos, facturas, trámites... Chester es un perrito dedicado a encontrarle algo divertido al patio todos los días, Chester ladra y yo disfruto sus ladridos porque en algún momento no estaré vivo para escuchar nada; envidio a Chester porque él estará con mi pequeño nietecito más tiempo que yo...

Lo que líneas arriba he llamado Este Instante, no es otra cosa que eso, un segundo congelado, el momento más pleno de mi vida; mi esencia en presente...

El mar, el mar me mira y yo me hago uno con sus olas... podría ser ciego y sería igual de placentero, y es que el mar es una experiencia compleja, el líquido ondular suena y su piel de sal logra, a su manera, acariciarme las fosas nasales, los bellos del antebrazo.

Tal vez creo todo esto porque soy un personaje ficticio, porque no existo y porque Maribert, persona que teclea en este blog, no tiene cáncer. Probablemente estoy contento porque siento lo que mi autor quiere que sienta; Maribert no está a punto de morir, pero, basta un diagnóstico terminal para que eso suceda, el agujero en la capa de ozono hará el resto.

Me llamo Noé, conduzco un auto por la carretera costera, sonrío mientras escucho los comerciales del radio y sí, disfruto mucho esta vida... perdiéndola.

2 comentarios:

H. Cantú A. dijo...

"Esta vida perdiéndola"
buen titulo...
Me gusta mucho que estén haciendo esto del blogg por que yo se que ya tenían ganas desde hace rato.
Vehto, como siempre, tu manera de escribir es muy atractiva y me permite montarme en tus pensamientos y así conocerte un poco más, se esta volviendo inconfundible, ya podemos comenzar a hablar de la presencia de un estilo bien definido, me gusta, sigue así.
Pónganle muchas ganas al proyecto.

Buena idea ponerle 18 años a Maribert, es casi cósmico.

Dafne dijo...

Al final del texto, ay una afirmación sobre Maribert que no te constaba, mi vida... jajaja (:

Después de tu 2010, creo que ahora puedes echarte un café y una charla muy ricos con tu personaje. Te amo ;)